El néctar de los lobos

Espacio de placer sensorial. Cuentos, poesía, fotografía, periodismo... empalmes creativos. Los llaman góticos, de terror, románticos, de amor, de nostalgia, de abandono, de venganza... de la vida misma. Tinta electrónica que, aun sin ser palpable, es transmisible... Un vouyerismo literario.

Cuando grita la sangre

La noche vestía de lentejuelas. Lo noté cuando me acerqué al ventanal para replegar las persianas. Cerré la puerta de la oficina y me guardé las llaves en la bolsa del saco. Ya en el elevador, pude mirarme en el reflejo de la puerta: el rostro más pálido, el semblante más viejo, el cuerpo más holgado… la mirada más vacía.

Salí del edificio y por fin volví a ver las calles tras diez horas en arraigo laboral. Pero irse del trabajo tan tarde tiene su parte de excitación. A esas horas las banquetas son mías y el aire de la noche tiene un frío único. Quizá por mi soledad, para mí no hay nada como caminar sobre ese desierto de hormigón y sólo escuchar el sincronizado sonido de mis propios pasos.

Pero aquella noche no fue así. Ya casi llegando a mi casa, noté mi sombra parida por la luz de uno de los faros. Y ahí, junto a mi sombra, de repente noté la de otro ser. Volví la cara.

Ahí fue cuando la vi. Era una mujer alta y de un rubio que se hacía más dorado con la luz del faro. Su rostro parecía bañado en oro blanco y en los ojos tenía el escarlata de los eclipses lunares.

Ella no decía nada, sólo me miraba como si quisiera abrir la gaveta de mis pupilas y mirar lo que hay dentro de mí. Su hermosura me dejó paralizado. Fue como enamorarme de ella sólo por haber unido nuestras sombras bajo la luz de aquel faro.

Mientras permanecíamos en silencio su rostro me seguía intrigando. Me seguía enamorando. Para entonces, yo ya había alineado las constelaciones para luego pretender ofrendárselas, convencerla de tomarse una copa en mi casa y después, si el cuerpo me respondía, revolver la cama un rato.

Estaba a punto de decírselo. Pero en vez de eso, ella se me acercó al oído y me dijo en voz baja:

— Tony, ¿alguna vez has escuchado el grito de tu propia sangre?

Arrugué la frente y repetí mentalmente sus palabras, letra por letra. ¿Cómo es que sabía mi nombre?, ¿escuchado el grito de qué?, ¿a qué se refería?

Y cuando reaccioné para preguntarle, la mujer había desaparecido. No sé cómo ni por qué, pero esa que unió su sombra con la mía había dejado de existir y en la escena sólo estaba yo: con el rostro más pálido, el semblante más viejo, el cuerpo más holgado y la mirada más vacía.

Recorrí con la mirada todo el lugar. Ni rastro de la mujer. Un dolor me oprimía el pecho y, al tocarlo, noté mi camisa completamente bañada en sangre, el rojo también estaba impregnado en mis manos. Y cuando miré mi reflejo en la ventanilla de un auto cercano, vi que toda la periferia de mi boca tenía un sucio aspecto carmín. De repente, mi sombra se deshizo al ser atravesada por unas luces rojas y azules que se me acercaban. Percibí la sirena de la patrulla.

— ¡Ya te cargó la chingada! ¿Creíste que nunca te atraparíamos?

Sólo le entendí cuando, junto a mí, yacía el cuerpo descuartizado de la mujer a la que pensaba ofrendarle las galaxias.

Ahora miro el mundo por el entremedio de unos barrotes. Me despiertan a las seis de la mañana y tengo que ducharme con agua helada. Y a veces, para matar el rato, le arranco estrellas a la noche para masticarlas y luego escupir sus pedazos plateados. Pero cuando el silencio es omnisciente y mi propia celda me arrincona, aún escucho que una voz en mi pecho me dice: "Tony, ¿alguna vez has escuchado el grito de tu propia sangre?”.

Las olas de nuestro destino

Por poco y la muerte los besaba. Y es que en la carretera hacia Nayarit el autobús casi se impacta de frente con un trailer de dos cajas. El chofer tomó el volante con más fuerza y lo giró a la derecha hasta completar tres elipses. En el zarandeo, los anteojos de doña Brígida se le arrancaron de las sienes y cayeron junto a los pies de don Ausencio, su marido desde hace cuarenta y siete años, quien sólo pudo sujetarse del forro del asiento reclinable mientras duraba el ajetreo.

Al recogerlos del piso, doña Brígida se acercó a la luz que se reflejaba en la ventana y notó en el cuerpo de sus lentes un par de estrías cristalinas. “No puede ser —dijo—, son los terceros que se me rompen en lo que va del mes”.

Ninguno de los dos ancianos erraría en su promesa. Ya habían alcanzado lo inalcanzable: cuarenta y siete años de matrimonio, cuatro hijos, nueve nietos, ocho viajes al extranjero, dos cirugías a corazón abierto y un compromiso de complicidad a corazón cerrado. Por eso viajaron a Nayarit, la tierra donde se conocieron, y al llegar a la Terminal de Autobuses pagaron un taxi en dirección hacia la playa de Guayabitos. Estaba a punto de anochecer.

Apenas y tuvieron tiempo de cenar. Quizá la velada no fue tan romántica como la primera vez que compartieron la mesa… luego la cama. Pero aun así, don Ausencio tuvo la cortesía de acercarle el asiento a su mujer y después intercambiar trozos de comida en la boca. Ambos rieron de lo adolescente de sus detalles. “La cuenta, por favor”, pidió él.

Caminaron hacia la playa. Don Ausencio recargó a su amada sobre una de las rocas y le quitó los zapatos de tela. Él se descalzó y se remangó los pantalones. Se acercaron poco a poco hacia las olas. El aire del momento les afloró al poeta que todos llevamos, pero pocos liberan. Ya en la orilla, la frialdad del agua les refrigeraba los pies. La espuma era tan nácar como los largos y trenzados cabellos de Brígida.

El vaivén de esas olas simbolizaba cuarenta y siete años de compañía. El agua, el oleaje y la sal. La vida, las circunstancias y lo inevitable. Las horas de la noche seguían, el cielo se hartaba de estrellas y los pies de los ancianos ya se habían acostumbrado al frío del agua.
De pronto otra ola, la de la nostalgia, les mojó todo el cuerpo.

— Estamos olvidados ­­­—dijo él.
— Somos olvidables —murmuró ella.

De pronto, y casi como si hubiera sido premeditado, las olas comenzaron a agitarse con mayor fuerza. Unas olas tan agresivas que parecían decididas a romper los cuerpos de aquellos ancianos, tal como la gravedad lo hizo con los anteojos de doña Brígida en ese autobús que por poco les adelanta la muerte… unas cuantas horas antes de lo acordado por ellos.

La muerte es tan infinita como la sal de aquel mar. Ya no tardaría mucho en amanecer. Ya era el momento. Don Ausencio se llevó la mano al pecho y simuló tomar su corazón, sujetó la palma de su amada y le acarició las líneas de la mano. Le cerró el puño con fuerza.

— Brígida, has sido el amor de mi vida. Conviértete en el amor de mi muerte.

Y hacia el mar caminaron, ensamblados de las manos, en pasarela exclusiva hacia la infinitud.

Promesas de metal



Juró nunca volver a pronunciar su nombre. Ni en el momento más vulnerable, ya no diría, ni susurrando, el susodicho de aquel que le causó tantas abolladuras a su impresionable corazón. No, ya no. A partir de hoy, al oír hablar de él, ella simplemente se abrigaría los oídos con las manos hasta que aquellos murmullos fallecieran y se pasara a un siguiente tema de conversación.

Se sintió convencida de lograrlo. Ni una palabra más sobre aquel hombre. Olvidaría todo de él: la intratable superficie de su piel, el brusco declive entre su vientre y sus piernas, la rígida moldura de su espalda, el avinagrado tono de sus ojos, la selvática repisa de su barbilla… y sobre todo, la tiesa redondez plateada de su piercing en la lengua, esa que durante tantos besos le friccionó la boca, esa que durante tanto calor le fundió el apetito las innumerables veces que él, en secreto, entraba por la ventana y se quedaba en la recámara de ella las noches que los padres de la mujer no llegarían sino hasta el siguiente día.

Aún tiene la evocación de sentir en su boca el piercing de aquel hombre. Amaba mordisquearle aquel pedazo de metal. Y cuando ella se sobrepasaba y sin querer le sangraba ligeramente la boca, él se enardecía mucho más y le pedía que lo desgarrara con mayor fuerza. No necesitaba decírselo, sus ojos hablaban por él.

La noche en que ella se juró no volver a mencionar a ese hombre era fría y desolada. El macho innombrable llegó a casa de ella para quedarse a dormir, pues los padres de la mujer celebrarían sus bodas de plata con un viaje a la playa y no regresarían sino hasta el siguiente sábado, así que dejaron la casa sola y suficiente comida para ella. Aún así, por mera costumbre, el hombre entró por la ventana, bajó las escaleras y sorprendió a aquella mujer en la cocina, picando cebollas sobre una tabla de madera, para lo que sería un proyecto de cena. Después de un beso seguido de un holacomoestás, él se quitó la chamarra, la colgó sobre una silla del comedor, subió al cuarto de ella, se desnudó y entró a la ducha.

Mientras el hombre se enjuagaba, en la planta baja un ruido entró a usurpar el silencio. Se oía como el oscilar de un diapasón cuando alguien lo toca, era como la agitación de una ventana cuando algún auto pasa muy de cerca. De la chamarra del hombre se emitía esa vibración. La mujer dejó el cuchillo con el que picaba las cebollas, se acercó al comedor, donde la prenda colgaba sobre la silla, y encontró el origen de aquel sonido. Vio la pantalla del teléfono celular del hombre, que aún vibraba entre sus manos, con una leyenda: 1 Mensaje recibido. No pudo evitar la curiosidad de leerlo.

El contenido era directo: Ya llegamos a Puerto Vallarta. El clima está delicioso. Me encantaría que hubieras venido conmigo, pero esta vez le tocó a mi marido. Extraño morder ese piercing. Hay comida en el refri. Convence a mi hija de que coman en la casa. Te amo.

Ella simplemente cerró los ojos y regresó a la cocina. De pronto, y de súbito, tiró al suelo el cuchillo y la tabla con las cebollas recién picadas, y no supo qué hacer.

El rostro de aquella mujer cambió por completo. Pocos minutos después, el hombre regresó a la cocina, recién bañado, con una toalla atada a la cintura. Ella lo miró, se acercó, lo besó y, con un suspiro que no sale sino de lo más profundo del alma, introdujo su lengua en la boca de aquel hombre para que él la correspondiera. Así fue.

Y cuando el hombre metió su piercing entre las fauces de la mujer, ella comenzó a mordisquear la periferia de ese metal húmedo. Lo sintió entre sus dientes y jugueteó con él. De pronto, sus ojos enardecieron, el sudor se le hizo frío, el odio la dominó, y sin pensárselo mucho, apretó con sus mandíbulas el piercing, respiró hondo y, sin más, sacudió su cabeza con toda su rabia hasta arrancar con sus dientes aquel metal de la lengua de ese hombre. Él sólo sintió cómo los colmillos de la mujer estrujaron su piercing y le desgarraron la boca entera. Era como si una hiena tomara los restos de un cadáver y le separara los trozos con toda su fuerza.

Tras el acto de ver al hombre ya tirado el suelo, deshaciéndose por el dolor, la mujer recogió del piso el cuchillo y la tabla sobre la cual picaba. La colocó a la orilla de la mesa, se hincó al ras de la tabla y le lamió la superficie, que le supo un poco a las cebollas que recién había cortado. Sobre la tabla, extendió su propia lengua lo más que pudo. Tomó el cuchillo en forma horizontal, a la altura de la tabla. Suspiró, apretó los ojos y, sin cuestionárselo, dejó caer con toda su fuerza aquel filamento de cocina.

Lo que quedó fue un hombre con el hocico roto y una mujer con los labios bañados en sangre. Después de todo, ella cumplió lo que prometió respecto a él: ya no volvería a pronunciar su nombre… ni el de nadie.

Soledad

Soledad, condición recurrente.
Dicha del vacío e infierno del acompañado.
Eres cabeza, cadalso y verdugo.
Te has vuelto el silencio del viento cabizbajo.

Soledad, estado inconsciente.
Ropa del protegido y desnudo del necesitado.
Eres prenda, perfume y sortija.
Has robado agua del pozo endiablado.

Soledad, silencio potente.
Lisura del pie descalzo y llaga del camino andado.
Eres cirio, diezmo y penitencia.
Le has arrancado la arena al desierto desolado.

Soledad, adicción letal.
Dominio del ajeno e ignorancia del experimentado.
Eres mi nombre, mi apellido y mi desgracia.
Le has tiznado a mi vida un rasgo perpetuado.

Hoy dormirás arrullado por mis versos


Hoy dormirás arrullado por mis versos,
cobijado por el abrigo de mi inspiración.
Esta noche mandé menguar la luna
y mis rimas mecerán tu cuerpo.

Hoy tu rostro será iluminado por el sol de mis recuerdos,
bronceará esa piel que tanto fuego me emanó.
Esta tarde pediré prestada una poca de lluvia
y mojaré de vida tu corteza blanca.

Hoy serás elevado por el viento de mi sensibilidad.
No temas las dimensiones de aquella altura, mi poesía no mata.
Esta mañana logré que me prestaran algunos vendavales
y serás tan alto que el mundo rotará sobre tu divino eje.

Hoy amanecerás abrazado por mi nostalgia.
Ya la conoces, no pierdas tiempo en cuestionarle su insistencia.
Es sólo que no se cansa de mirar tu ternura.
Es sólo que no se resigna a morir sin tus manos.

Y mientras mi nostalgia te prepara el café,
mis estrofas ya están tendiendo la cama.
Porque esta siguiente noche, cuando me recuerdes,
volverás a dormir arrullado por mis versos.

Mis 26 planes

Hoy tengo planeado recomenzar el universo.
Tomaré un puñado de mí y le rociaré polvo de diamante.
Sí, estoy seguro: Hoy dignificaré mi matiz cambiante.
Darle a mi sombra un lado B y mirar el reverso.

Hoy tengo 26 quehaceres que cumplirme.
Remodelaré mis contornos. Barreré mis escamas.
Compondré los falsos contactos entre mis miedos y mis ramas.
Pondré cableado nuevo a todas las instalaciones de mi cabeza.

Hoy tengo 26 planes que enlistarme.
Barnizaré mis sentidos. Bolearé mis sonrisas.
Desempolvaré ese viejo niño que arrumbé en el sótano.
Pintaré de blanco aquella habitación que un día se hizo oscura.

Hoy tengo 26 presentes que quiero regalarme.
Uno eres tú, mi amiga Inspiración.
Otro eres tú, mi maestro Tiempo.
Y hasta habrá un lugar para ti, mi prima-hermana melancolía.

Hoy tengo 26 años que honrarme.
Por el vientre de mi madre. Por los brazos de mi padre.
Por los ojos de mis hermanos. Por el hombro de mis amigos.
Por los latidos de tantos amores perdidos.

Y eso ocurrirá hoy.
Porque hoy, que cumplo 26 años,
tengo 26 constelaciones que ofrendarme.

A la orilla de ti


A la orilla de ti dejé un extracto de mi memoria,
pero las olas fueron tan duras que la sal le arrancó los recuerdos.
Poco a poco, la espuma le fue deshaciendo los nudos
y al final lo que quedó fue aquel hostil firmamento.

A la orilla de ti olvidé aquel pedazo de rama,
cuando con ella bifurcabas cometas encima de tu arena.
Y conforme el oleaje borraba tus trazos de polvo de oro,
mi existencia en ti también se difuminaba.

A la orilla de ti extravié tu retrato.
Tenía, al centro y en mayúsculas, un instante de tu sonrisa.
Pero al volver, el cielo ya negro se había hecho.
Y de tanto querer verte a oscuras que terminé ciego.

A la orilla de ti me olvidé a mí.
Y cuando regresé, yo ya no me encontraba.
Vi una memoria ahogada, una rama seca y un retrato borroso.
Y con el llanto en las manos, peregriné hacia mi comienzo.

El par perfecto


¡Cómo amaba las canicas! Nadie me ganaba jugando con ellas. Jugando por ellas. Recuerdo que cuando cumplí ocho años mi padre me obsequió una bolsa de red atascada de esas pelotitas, tan grande que necesité ambas manos para sostener aquella orgía de vidrio.

Y donde ahora vivo, amurallado por paredes de resorte y camisas de fuerza, las canicas se han convertido en mis mundos cristalinos. Cuando las toco, siento cómo me lustran las bases de mis dedos hasta borrarme las líneas digitales. Cuando las pongo cerca de mis ojos, noto la redondez de mi nariz y la exageración de mis rasgos. Y cuando me las llevo a la boca, percibo su trayecto: inician en mi lengua, mecen la cuerda de mi campana y se estancan en mi faringe, donde tardan un rato en continuar. Después, el dolor en mi pecho me avisa que pronto las expulsaré por la cola.

Tenía de todos los tipos. De esas transparentes, blancas con morado, verdes fluorescente y hasta ámbar. Eran como botellas redondas.

Pero mi verdadero logro ocurrió cuando por fin le gané a mi primo Matías aquella canica dorada. “No mames, Mauro, devuélveme mi canica”. “Estás pendejo —le dije— te la gané limpiamente y te chingas”.

Mi canica dorada era como tener el sol. Amaba rodearla con mi dedo índice y dispararla con mi pulgar. Y las chidas pelas alcanzadas con ella me hacían ganar cada vez más canicas. La disparaba con tanta fuerza hacia las demás que a veces éstas se rompían. Y así terminaban, como cuerpos traslúcidos destazados por la furia de un asesino.

Me volví experto en cercenar canicas con la ayuda de mi oro redondo… y con la pistola que tengo por mano derecha. Y cuando comencé a practicar tiros con la izquierda, repetí mi éxito. Así nació mi interés por conseguir otra canica dorada. ¡Imagínate lo que lograría con ese par perfecto!

Pero antes de fraguar mi plan, un día mi primo Matías quebró mi sol de vidrio. Se acercó a donde practicaba mis tiros, tomó mi canica dorada y la desmembró contra el suelo. “¿Creíste que te ibas a burlar de mí, pendejo?”. Y se largó. Fue entonces cuando decidí alcanzarlo… y afilar las garras de mi mano.

Mis dedos atravesaron sus párpados. Cuando lo oí gritar supe que la sangre de sus pupilas se había mezclado con la mugre de mis uñas.

Sentí un gozo de campeonato. Ahora sí tengo mi par perfecto.

Capullos de alfiler


Me acurrucaste entre tus capullos de alfiler,
y dormí atravesado por sus filamentos plateados.
Y cuando me recordaste y comenzaste a descoser,
me encontraste cercenado en esas púas que tienes por manos.

Y es que no hay hebra que pueda bordarte
ni lírica que consiga delinearte.
Estos mis poros, de los que tanto te alimentaste.
Esta piel que tantos santiaménes te cenaste.

Vuelve a llevarme hasta los contornos del cosmos.
Usa tus agujas para zurcirme las alas.
Con ellas quiero rajar el aire de los vientos
para luego descansar en tu envoltura de manecillas aperladas.

Fuimos el sincretismo de nuestros sentidos
y tus besos se ajustaron al empalme de mis labios.
Las galaxias se alineaban al registro de tus latidos.
Esas tus manos, látigos de cinco colas rompiéndome los brazos.

Eres como el capullo en el que me tienes apresado:
inerte, insociable y pendiendo de un ramal.
Te acorralas por tus odios y me aferras a tu corazón acerado
con tu lengua de filamento tejiendo mi cautividad.

Mis pupilas sobrevivieron a tus agujas homicidas,
pero mis manos ya no podrán surcar la carnosidad de tu corteza,
cuando le creabas sucesos a mis noches forajidas
y le usurpabas a mi historia una pizca de su concurrida pobreza.

Tras el regodeo sensorial, mis poros pudieron rehumedecer
cuando la sangre se diluyó al reventarme.
Porque me acurrucaste entre tus capullos de alfiler
y en tus dedos tuve la ventura de colarme.

Pedro Meyer, fotógrafo: Poesía en 35 mm


Los versos no siempre viven en la lírica. Cuando abandonan las estrofas, sus dimensiones se dotan de volumen, luz, texturas, color y movimiento. Se abastecen de una cualidad más visual. Así nace una fotografía.

Sin duda, la imagen fotográfica da cuenta del entorno y lo atrapa en momentos que se vuelven inmortales. Y cuando quien retrata se permite manipular su trabajo y con ello reinventar su propia obra, estamos ante el nacimiento de un nuevo arte. Aquí es donde se inscribe el fotógrafo mexicano Pedro Meyer, un artista cuya creación cuestiona los límites entre la verdad y la ficción.

Pionero de la era de la imagen digital, sus obras han desafiado el arte de retratar. Sus innovaciones, aunadas a su naturaleza inquisitiva, han fungido como el martillo y el cincel que han roto el preconcepto del artista de la lente. Pedro Meyer es todo, menos un purista de la fotografía. De ahí el nombre de su exposición: Herejías.

Cuarenta años retratando la vida y obra del quehacer humano se materializan en cerca de 310 mil imágenes. Este año, su arte desemboca en un multihomenaje que más de 60 museos de todo el mundo y 23 galerías en línea le rinden a este fotógrafo.

Si bien Meyer desafía los alcances, funciones y posibilidades del lenguaje fotográfico, también hay un espacio para captar con su lente los instantes más puros de la expresión humana. Manipulados o no, los trabajos de Pedro Meyer logran en instantes enmarcados ver a la fotografía como toda una forma de expresión en la cual el ser humano y su quehacer son la materia prima.

Pedro Meyer toma la historia de todos los días y la atrapa en capullos de papel mate. Retrata con ironía los choques culturales, el consumismo y lo ecléctico del mundo globalizado. Y así refiere con su lente lo más cotidiano de la cultura popular: procesiones, objetos de culto, ceremoniales e incluso iconos políticos y rituales del cuerpo humano.

De esta forma, Herejías es un goce para lo sensorial, de un fotógrafo pendiente de la mínima expresión para convertirla en arte. Es un artista cuya lente documenta lo más retratable de la fragilidad humana. Sus fotos seducen, su lente desafía, su arte convence.

Una vez dominadas, las reglas pueden romperse para innovar y crear. Eso lo sabe Pedro Meyer, quien ha escrito versos de 35 milímetros para hacerlos poesía, con lo diverso y a la vez híbrido de la cultura humana. Un colorista de momentos, un pintor de la lente; un cuidador de instantes, de condiciones, de entornos, de un mundo donde caben muchos mundos.

Bajo las paladas de tus abismos




¿Cómo llegaste hasta aquí? Si apenas anteanoche nos despedimos y dijiste que me llamarías para planear sabediosquécosas. Ahora soy yo quien llega a tu nueva casa, hoy me toca ser quien te despide, tallando con las yemas de los dedos el cristal cuadrado que divide tu cuerpo pálido de mis manos rosadas.

Tu madre también parece algo muerta. Jamás te educó para jalarte un gatillo. Y no lo hiciste, pero llegaste al mismo punto. Te hilaste de las vigas del techo de tu casa. Respiraste. Con la gravedad a tope y la mirada en el abismo, tus pulmones se inflaron al compás de las astillas de la soga, que no tardaron en picarte el cuello. Y con la punta del pie derecho tiraste el banco.

Y ahí quedaste expuesto, como un dije humano.

Pero hoy de lo humano sólo te queda el atuendo. Tu tía Mercedes se encargó de comprarte un ajuar a la medida. “Para que mi Nacho no llegue a la tierra de Dios con los trapos que siempre vestía”, le oí decir. Yo sólo le menté la madre con la mirada y me acerqué a ti para verte por última vez. Ahora sí por última vez. Me prometí tantas veces asesinarte que, ante mi desidia, mejor fuiste tú quien cogió la soga. Antes de que yo lo hiciera con mi propio cuello.

Aquella era nuestra despedida. Ya no tendré el vértigo de contemplarme cayendo ante tus muslos. Jamás volveré a morder la periferia de tus oídos. Ni tú podrás atravesarme la piel con tus palabras, esas que me decías, tan cargadas de ti que cada día se me enterraban más entre las hebras del cerebro.

Un funeral y la humillación pública deberían ser sinónimos, ¿no crees? Te cercan en una caja de madera, te levantan una portezuela para que todos te miren el rostro marchito y te escupan sus lágrimas, luego te pasean por las calles y al final te hunden en la tierra. Y te rocían tantas paladas de tierra negra como si te fueras a escapar. Es tarde, Nacho está muerto. Yo ya lo había matado.

El entierro fue lo mejor. Con la primera palada, tu tía Magdalena comenzó a gritar dolor. Segunda palada, tu primo Enrique conoció el olor de la muerte. Por la tercera palada, tu primita Gina aprendió a sentir miedo. Y por ahí de la vigesimoséptima palada, por fin pude sonreír. ¿Quién terminó destruyendo a quién?

Los enterradores aplanaron el ahora suelo. Sólo hasta entonces pude soltar la carcajada... porque sólo hasta entonces fue cuando en el fondo de la tierra supe que abriste los ojos.

Y comenzaste a arañar las paredes de tu propio ataúd…

El néctar de los lobos



"Creo que ya no podremos vernos".

Luego de arrugarte el rostro con mis propias uñas, siento tus brazos agitando fuertemente los míos. La alternancia de mis piernas me connota que estoy corriendo; y los domos debajo de mis ojos, que hubo una fuga salada. No pulso el freno sino hasta que llego a casa. Ya en mi habitación, noto cómo pareciera haber un magneto tan fuerte entre mis manos y el segundo cajón de mi ropero que casi por instinto me dirijo hacia él. Encuentro lo que estaba buscando.

Y es que cómo no hacerlo. Me conjugaste el verbo doler en todos sus tiempos y ahora la nada me ofrece lo que desde siempre me ha guardado: el frasco con la calavera de huesos cruzados, ese néctar de los lobos que había estado reservando para una ocasión especial. Qué pleno hubiera sido: que luego de un par de días el olor nos delatara, la policía entrara a aquella habitación y encontrara un par de cadáveres sobre la alfombra, junto a la cama. Desnudos, corrugándose, pero anudados el uno contra el otro. Y así perpetuarme en ti.

Pero para eso ya es tarde. Cuando se me cuela un poco de razón, ya me veo con aquel frasco sobre mis labios, en caída perfecta hacia mi boca. El líquido entra decidido a romperme el estómago. No pasa demasiado tiempo. La sustancia ya comienza truncándome las inhalaciones un segundo tejido al otro, como si un picahielo me rasgara el paladar.

Mis ojos me arden como si una llama me lamiera las pupilas. El ácido me surca las venas y a poco voy sintiendo cómo me revienta las uniones entre ellas, una por una. Despacio. Lento, casi tanto como el tiempo que tardé en admitir que aún te amo. El calor ya es tan fuerte que estoy transpirando humo.

Apenas y ubico el sabor. Es como hígado mezclado con gasolina tibia. La chispa alcanza el charco de sangre y de inmediato comienzo a incendiarme por dentro. El hedor es tan oscuro que me apesta el corazón.

Estoy vomitando sangre negra. Qué suerte tan hija de puta: me tragué el veneno y el veneno terminó tragándome a mí, como un arsenal de pirañas carcomiéndome los pulmones. Me quedo en horizontal. La sangre se me anega en el cerebro y en la espalda. Apenas y puedo entrecerrar los ojos.