El néctar de los lobos

Espacio de placer sensorial. Cuentos, poesía, fotografía, periodismo... empalmes creativos. Los llaman góticos, de terror, románticos, de amor, de nostalgia, de abandono, de venganza... de la vida misma. Tinta electrónica que, aun sin ser palpable, es transmisible... Un vouyerismo literario.

Mientras te espero


Mientras te espero me depuro los labios.

Para que cuando llegues, tengas besos certificados

No malgasto la saliva, más bien la reinvierto.

Es que quiero ser tu encuentro predestinado.


Mientras te espero me amoldo los brazos.

Para que al recibirte, ahí encuentres tu rebaño.

Y no es que me engañe cuando estoy en otros lados acurrucado.

Es sólo que busco quien me haga un nido con sus manos.


Mientras te espero me alisto las alas.

Para que al encontrarnos, lleguemos al cielo.

Y no es que antes no haya volado.

Es que a ratos hasta el aire se me esconde.


Mientras te espero le doy brillo a mis ojos.

Para que al verte, mi luz te guíe hacia mi rostro.

Y no es que cada que te invento me enamoro.

Es sólo que miro y miro y a ratos te confundo.


Mientras te espero me bombeo el corazón.

Para que cuando te acerques, mi pecho sea la clave de sol.

No despilfarro mis latidos. Bueno, sólo de vez en cuando.

Es que los regalo pensando que esta vez sí eres Tú.


Mientras te espero me deshago a pedazos.

Pero no para que cuando vengas recojas las mitades.

No es que la esperanza se me agache.

Es sólo que a ratos dudo que tu presencia existe.


Mientras te espero los segundos me carcomen.

Se acercan, me mordisquean, me arrancan algunos trozos.

Mientras te espero la sangre se me agota.

Es que ya no me alcanza de haber regalado tanta.


Y todo esto ocurre mientras te espero.

Mientras el mar me alcanza y el sol me derrite.

Pero si en el transcurso de mi espera el alma se me seca.

Me volveré piedra y te haré un verso que inice con “Mientras te espero…”.

Me gusta cuando me dueles

Me gusta cuando me dueles de esta forma.
Tan honda, tan fuerte.
Tan tuya.

Hoy quiero tus labios bifurcando mapas en mis planisferios.
Levanta tu bóveda celeste y regálame una vía láctea.
Y déjame beberme todas sus estrellas.

Nos gusta cuando nos añoramos de esta forma.
Tan insistente, tan mutua.
Tan nuestra.

Hoy quiero tus Medusas callejeando mis Perseos.
Quiero verlas justo a los ojos.
Y déjalas que vuelvan piedra mis deseos.

La soledad se frota las manos.
La desgracia se moja los labios.

Te gusta cuando me deshago de esta forma.
Tan visceral. Tan pura.
Tan mía.

Regálame tu dolor


Hoy me dejaré morir por ti.

Ya no tendrás lágrimas. Las he bebido de los cántaros de tus ojos.

Ya no sentirás melancolía. Te la arranqué del corazón.

Así que recomienza tu vida y regálame tu dolor.


Y del cielo ni te acuerdes.

Que ya lo cubrí con telas de nubes negras.

Y a tus fantasmas ni los menciones.

Que mis historias los han ahuyentado.


Déjame recetarme toda tu amargura.

Que a mí ya ni efecto me hace.


Pero si mis palabras no te ayudan.

Me arrancaré las cuerdas vocales para ahorcarme con ellas.


Y si tu casa se tiñe de gris, te ofrezco un ramo de lunas.

Ponlas en tu mesa cuando te sobre nostalgia.

Y cuando deseches todo tu dolor y logres una sonrisa.

También deséchame a mí.

Culto perpetuo


Visiones de la muerte en el mundo


Muerte. Para algunos, cesación de la vida; para otros, un paso en el proceso espiritual. Pero para todos, una puerta hacia el misterio. La historia está hecha de vidas, casi tanto como de muertes. Los ciclos inician, lo que sube baja y lo que resiste persiste. Es la vida. Es la muerte.


Desde que el mundo es mundo, la vida deja huellas… y junto a sus pasos va la muerte, tan serena, tan cercana, tan inmediata, tan incansable, caminándole a la par. Y cada cultura tiene su forma de mirarla: desde lo sagrado hasta lo mundano, y desde lo ritual hasta lo cotidiano. Pero en algo todas coinciden: es poderoso el enigma que encierra la inexistencia material.


La muerte se encuentra en todos lados. En una bolsa de plástico o en la boca de una calibre 38, en un cuchillo de cocina o en la acera de una calle. “Incierto es el lugar en donde la muerte te espera; espérela, pues, en todo lugar”, decía el filósofo romano Lucio Anneo Séneca.


Casi todas las culturas han convertido a la muerte en un personaje. Su apariencia de calavera oscura, en la visión occidental, es una prueba de ello. Los etruscos la concebían como una criatura de horrible rostro, con cabeza de Medusa o como un lobo rabioso. En Roma, se le veía como un genio triste e inmóvil con una antorcha apagada y al revés. Sin embargo, los helenos le dieron un aspecto mucho menos lúgubre: un pie alado cerca de un caduceo y encima una mariposa a punto de volar.


La muerte no necesita presentación: sólo llega y ya. Convencida de su omnipotencia, se permite tomar a sus hijos y prestarles algo de vida, la que ella decida, lanzarlos al mundo y después regresarlos a su vientre.


Y los caminos para llegar a la muerte son algo igual de inexplicable. Se puede morir tranquilo, como lo hizo el inglés Charles Chaplin, quien falleció mientras dormía (él siempre decía “Existe algo tan inevitable como la muerte: la vida”). O qué tal el poeta Gustavo Adolfo Bécquer, quien dedicó su último verso a esa muerte, con la que se fundió durante un eclipse total de sol, en 1870. Sus últimas palabras fueron: “Todo mortal”.


La vida también puede ser interrumpida por una decisión personal. Veamos el ejemplo del escritor Horacio Quiroga, quien murió de manera horrible y alejado de su familia. Bebió un vaso con cianuro, tras un diagnóstico de cáncer irremediable. El líquido le reventó la garganta y le estalló las hebras de la razón, poco a poco… como los pasos sigilosos que sólo la muerte sabe dar.


Se puede morir horriblemente. Fue el caso de María Antonieta, quien fuera Reina de Francia y perdiera la vida junto con la cabeza, al ser llevada a la guillotina en 1793 tras una administración llena de escándalos. Fue enterrada con la cabeza entre las piernas.


También se puede estar muerto y vivir. El poeta Paul Celan, por ejemplo, vivió el infierno en vida tras haber sufrido la pérdida de sus padres en campos de exterminio nazi. O se puede vivir en color cuando el entorno es gris: Frida Kahlo pintó sus mejores obras casi completamente paralizada, cuando su pincel fluía talento mientras su cuerpo con piel de yeso le acorazaba la figura.


Arribo inevitable

¿La muerte se encuentra? La visión libanesa, en voz de Khalil Gibrán, dice algo al respecto: “¿Quieres saber el secreto de la muerte? ¿Pero cómo habrás de encontrarla a menos que la busques en el corazón de la vida? Una vez discernidos todos los misterios de la vida, desearás la muerte, porque la muerte no es sino otro misterio de la vida”.


¿La muerte es el fin? El filósofo griego Epicuro de Samos asegura: “La muerte es una quimera: porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, ya no existo yo”. Casi todas las culturas perciben a la muerte como una transición. La religión cristiana visualiza así el fin de la vida. El cuerpo físico se deteriora y no puede seguir las leyes de este universo finito. Entonces, inmediatamente vuelve a Dios.


¿La muerte duele? Habrá que esperar para ver (“No le temo a la muerte, sólo que no me gustaría estar allí cuando suceda”: Woody Allen). Entre los judíos y musulmanes, existe la figura de Azrael, el Ángel de la Muerte. Su misión es separar las almas de los cuerpos y conducirlas para ser juzgadas. Su aspecto depende del comportamiento del individuo mientras vivía. Así, sus rasgos pueden o no ser amables y separar el alma con o sin dolor.


¿En esta vida todo se paga? Hay quienes afirman que más bien después de muertos. Y en el mundo, con diferentes nombres y mínimas variantes, las visiones culturales sobre un purgatorio sí coinciden. En Egipto, el dios Osiris pesaba el corazón de los muertos: si era ligero, era reflejo de una vida buena y podía acceder al reino; si pesaba, sería devorado. Y en el budismo, Yama es el dios y juez de los muertos.


¿La muerte se puede interrumpir o apresurar? Tras los recientes acontecimientos e iniciativas de ley alrededor del mundo, los árabes se ha manifestado en contra de la prolongación artificial de la vida, la estancia en los sanatorios y las noticias de desahucio al paciente.


¿Morir es un siguiente paso? En la civilización azteca, había dos deidades responsables de los muertos: Tonacateuctli y Tonacacihuatl, “señor y señora de nuestra carne”. Hoy, en México, la celebración por el Día de Muertos es un interesante híbrido entre la cultura mesoamericana e hispana, con ofrendas y rituales que, en sitios como Mixquic, se redimensionan (“La muerte no es más que un cambio de misión”, decía el novelista ruso Leon Tolstoi).


Visiones y luto

“La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene”, decía Jorge Luis Borges. Y así como existe una visión romántica, también la muerte se reviste de una estética más diversa, como en la cultura gótica, con un ritual a la muerte que, en algunos casos, refiere a vampiros o zombies.


Hay quien dice que la vida está hecha de muertes. Por ello, celebrar la vida es ofrendar a la muerte. Es un cuello de botella al que todos, tarde que temprano, terminaremos llegando (“Diferentes en la vida, los hombres son semejantes en la muerte”: Lao Tse).


La muerte es tan inevitable como el luto. Y el luto es una manifestación del dolor. Lo cierto es que todas las muertes son lecciones de vida. Siempre que tenemos noticia de alguna es porque trae aprendizajes implícitos para nosotros. Es como decía Cicerón: “La vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos”. Lo importante es saber identificarlos para cuando toque nuestro turno… ese día cuando la muerte de hambre insaciable mire su agenda y, en ella, encuentre nuestro nombre.

Destierros

Guardo latidos.

Me sobra dolor.

Quisiera ser luz para acercarte.

Quisiera no seguir pudriéndome por esperarte.


Guardo ilusiones.

Me sobra nostalgia.

Pido ser tu iris para colorearme.

Pido no seguir sollozando por reclamarte.


Guardo océanos.

Me sobran cenizas.

Necesito ser rosa de vientos para llamarte.

Necesito no romperme por aguardarte.


Guardo alas blancas.

Me sobran destierros.

Pediré ser espejismo para atraerte.

Pediré no secarme por desesperarme.


Guardo tu espera.

Me sobro yo.

Tu sonrisa de plata


Voy a escalar sobre tu piel de sepia. En ella me invento los surcos en los que quiero detenerme. Y así coexistimos. Yo en ti. Tú en mí.

Hay tráfico para recorrer tus muslos. Los encuentro algo precipitados, con muchas ramas y follaje negro a mitad de camino. Y a mí que nada me detiene. El tráfico por ellos me es congestionado y nocturno. Pero mi boca enciende los faros.

Cambio la carretera de tus piernas y vuelo con las alas de mis labios. Llego hasta tu rostro. Tus facciones no lucen como cuando te vi por primera vez, con esa sonrisa creando perímetros en tu boca. No tardé mucho en renombrarla: Tu sonrisa de plata... tan blanca, tan hermosa, tan natural, como si fuera un mosaico.

Entonces te beso y tiemblas. Te estremeces y eso me gusta. Estás desnudo y hace frío. Mis labios van a arroparte.

Abro la boca y muestro la lengua. Mi saliva se funde con la sal de tu sudor. Te saboreo y me deshago en placer. No paro de hacerlo.

Quieres hablarme, pero las palabras se pierden en tu boca... esa boca que estoy a punto de reventar con mis puños si no me muestras ahora mismo Tu sonrisa de plata, tan blanca, tan hermosa, tan natural, esa que te vi al conocerte... esa por la cual te tengo en un rincón de mi sótano, con pedazos de tu propia ropa esclavizándote las manos y algunos metros de soga de ahorcado desangrándote los pies.

Cuando te hago poesía

En tus manos el universo se reinventa.
La luna se comprime y las estrellas te ofrendan su luz.
Tus palmas son ese blanco sobretodo que me abriga el sentir.
Quisiera tenerlas junto a mi pecho, protegiéndome el corazón.

En tus ojos el mar se redimensiona.
Su cristal se intensifica y la espuma te purifica la mirada.
Tus pupilas son esas obsidianas que me resplandecen la vida.
Quisiera acercarlas a mis ojos, reflejándome el semblante.

En tu rostro el viento se multiplica.
Su frialdad se temporiza y su velocidad se lleva tus lágrimas.
Tu semblante es un alcatraz que me embellece el panorama.
Quisiera recorrerlo con mis labios, adornándome la sonrisa.

En tu corazón los versos se me acaban.
Las rimas se me inquietan y las musas se sienten opacadas.
Tus latidos son poemas que me anuncian más poemas.
Quisiera que alguno me dedicaras, regalándome inspiración.

Próximo arribo

Te encantaba ver cómo el metro rajaba el aire. En la estación, esperabas con paciencia a la orilla de los andenes. Y cuando el bólido anaranjado arribaba, gozabas alargar tu cuello y sentir cómo su viento te vibraba la cara, porque tu vida ya estaba llena de tantas muertes que ese hormigueo sobre tus mejillas era lo único que te hacía sentir algo vivo.

Al entrar en el vagón, hacías lo que te era típico. Mirabas a tu alrededor. Te recargabas al fondo del vagón y desde ahí contemplabas los rostros de la gente: un joven y sus audífonos que le servían como un par de centinelas que le protegían contra el mundo, una anciana con los labios surcados y la mirada agachona, una madre con semblante cansado y su hija que no podía quedarse quieta. Los cuatro tenían algo en común: se estaban acercando al área de descenso porque bajarían en la siguiente estación, la estación de transborde. Tenías que apresurarte a elegir.

Entonces volviste a mirar… y ahí estaba. Esta vez se trataría de un señor de unos 75 años, con lentes redondos, la piel tan cana como su cabello y algunas manchas mulatas en el rostro. También se acercaba a la puerta para bajar en la siguiente estación. Ahí era cuando decías: “Ya lo tengo”.

Al descender del vagón para después transbordar, tus pupilas se esposaron a la fisonomía de aquel anciano. Un paso adelante del otro. Esquivabas a la gente que caminaba en sentido contrario a tu ruta y ni por un instante perdías a ese que tenías en la mira. Llegaron a los andenes donde esperarían transbordar. Amabas esa estación porque ahí el tren siempre tardaba en llegar y eso te permitía confundirte entre la multitud que esperaba.

Pareciera que lo mandaste a hacer cuando notaste que tu anciano se colocó justo a la orilla del andén. Comenzaron a llegar más y más personas y aprovechaste la situación para colocarte justo detrás de la ola de gente, pero a la altura del anciano, como si acabaras de llegar. El sonido del próximo arribo comenzaba a escucharse.

Respiraste hondo. Encogiste los hombros, flexionaste los brazos y te los pegaste al pecho. Y al anuncio de la llegada del tren apretaste los ojos, desafiaste a la multitud y con todas tus fuerzas te lanzaste hacia delante. La ola de gente hizo inercia y el anciano que habías elegido, justo a la orilla del andén, terminó por sentir el empujón. La sangre y los gritos se mezclaron sobre las vías del andén.

Corriste con la misma suerte que las otras veces. La confusión del momento siempre te ha servido como tu pase de salida.

¿Hace cuánto que te iniciaste en esto? ¿Al enterarte que tu abuelo te abandonaría y tú apenas tenías cinco años? ¿Al contemplar cómo tu abuela rociaba con gasolina toda la casa? ¿Cuando tu hermano mayor y tu hermana te dieron la espalda al saber que eras drogadicto? Sí, efectivamente: ese anciano, esa anciana, ese joven y esa adolescente son los hacedores de tu mierda.

Quizá también se deba a la primera vez que entraste al metro y te tocó ver a un hombre saltar hacia las vías. Cuando observaste cómo su cuerpo se desmembraba y la sangre salpicaba el tren, quedaste horrorizado, pero luego hasta terminaste llevándote la mano a la boca para que la gente no te notara la risa.

¿Aún recuerdas la primera vez que tú mismo lo provocaste? Fue un accidente, te dijiste en un principio. Pero forcejearle el monedero a una anciana justo a la orilla de un andén es todo menos un accidente. ¿Y qué de aquella vez cuando ya eran casi las 12 de la noche y tomaste al único pasajero que te acompañaba en aquel vagón para reventarle la cabeza contra uno de los tubos? ¿Ya se te olvidó que en otra ocasión, también a esa hora, mataste a una adolescente a golpes y arrojaste su cadáver por la ventana del vagón a mitad de túnel? Es un milagro que aún sigas libre.

La memoria es como esa oruga anaranjada de nueve vagones. Llegan personas, salen otras. Y hay algunas que llegan contigo hasta el final, pero de todos modos terminas escupiéndolas de ti, haciendo tus cargas más livianas. Por eso, luego de haber matado al anciano, a la anciana, al joven y a la adolescente, fue momento de transbordar. Tu momento de transbordar.

Llegaste al andén sintiéndote como un ave recién nacida. Te colocaste a la orilla, rebasando la línea amarilla de seguridad. Abriste los brazos y dejaste que la gravedad te llevara. Se escuchaba la llegada del próximo arribo. Y hacia allá ibas, en vuelo perfecto hacia las vías.

Noche de bautizos

Fui el que levantó las comisuras de tus labios.
Con los torrentes de mis palabras, rompí la orografía de tu boca.
Partí la tierra de aquellas fauces en dos montes rosados.
Y con el agua de ese río, la bauticé Sonrisa.

Fui el que redirigió la luz de tus ojos.
Con la gracia de mis maneras, conduje los faros de tus pupilas.
Posicioné a aquel par hasta que iluminó mi rostro. ¡Bendito sea!
Y con la plenitud de esa claridad, la bauticé Mirada.

Fui el que redimensionó los latidos de tu pecho.
Con las elipses de mi piel, logré estallarte los sentidos.
Fundí los campos minados de nuestros cuerpos.
Y con el júbilo de ese palpitar, la bauticé Corazón.

Y ahora, soy el que cada noche te espera a la orilla del recuerdo.
Con mi oscuridad, ensombrecí tu Sonrisa, Mirada y Corazón.
Dejé que las olas y la arena me enlodaran la pena.
Y con la sal de mis lágrimas, la bauticé Nostalgia.

Muerte

Muerte que entre mis odios revives.
Si volvemos a encontrarnos,
¿te pasarás de frente
o me besarás los labios?

Muerte que entre mis miradas te carminas.
Muerte que entre mis manos te endureces.
Muerte que en mis muslos te condenas.
Muerte que entre mi rabia te perduras.

Eres mi muerte buscándome.
Eres mi vida escondiéndote.
Eres mi soledad quedándote.
Eres mi felicidad mintiéndome.

Muerte, mi muerte.
Muerte que en cada aliento me demuestras tu fidelidad.
Muerte que fundes la cera de mis luces ilusorias.
Muerte que rajas de un arañazo el cuello de la esperanza.

Eres muerte que vive.
Eres muerte que bofetea.
Eres muerte que roza.
Eres muerte que apremia.

Pero aún así eres muerte que convive.
Eres muerte que reta.
Despierta en mí, muerte mía,
porque eres muerte, mi propia muerte,
la que también me salva.

Cuando grita la sangre

La noche vestía de lentejuelas. Lo noté cuando me acerqué al ventanal para replegar las persianas. Cerré la puerta de la oficina y me guardé las llaves en la bolsa del saco. Ya en el elevador, pude mirarme en el reflejo de la puerta: el rostro más pálido, el semblante más viejo, el cuerpo más holgado… la mirada más vacía.

Salí del edificio y por fin volví a ver las calles tras diez horas en arraigo laboral. Pero irse del trabajo tan tarde tiene su parte de excitación. A esas horas las banquetas son mías y el aire de la noche tiene un frío único. Quizá por mi soledad, para mí no hay nada como caminar sobre ese desierto de hormigón y sólo escuchar el sincronizado sonido de mis propios pasos.

Pero aquella noche no fue así. Ya casi llegando a mi casa, noté mi sombra parida por la luz de uno de los faros. Y ahí, junto a mi sombra, de repente noté la de otro ser. Volví la cara.

Ahí fue cuando la vi. Era una mujer alta y de un rubio que se hacía más dorado con la luz del faro. Su rostro parecía bañado en oro blanco y en los ojos tenía el escarlata de los eclipses lunares.

Ella no decía nada, sólo me miraba como si quisiera abrir la gaveta de mis pupilas y mirar lo que hay dentro de mí. Su hermosura me dejó paralizado. Fue como enamorarme de ella sólo por haber unido nuestras sombras bajo la luz de aquel faro.

Mientras permanecíamos en silencio su rostro me seguía intrigando. Me seguía enamorando. Para entonces, yo ya había alineado las constelaciones para luego pretender ofrendárselas, convencerla de tomarse una copa en mi casa y después, si el cuerpo me respondía, revolver la cama un rato.

Estaba a punto de decírselo. Pero en vez de eso, ella se me acercó al oído y me dijo en voz baja:

— Tony, ¿alguna vez has escuchado el grito de tu propia sangre?

Arrugué la frente y repetí mentalmente sus palabras, letra por letra. ¿Cómo es que sabía mi nombre?, ¿escuchado el grito de qué?, ¿a qué se refería?

Y cuando reaccioné para preguntarle, la mujer había desaparecido. No sé cómo ni por qué, pero esa que unió su sombra con la mía había dejado de existir y en la escena sólo estaba yo: con el rostro más pálido, el semblante más viejo, el cuerpo más holgado y la mirada más vacía.

Recorrí con la mirada todo el lugar. Ni rastro de la mujer. Un dolor me oprimía el pecho y, al tocarlo, noté mi camisa completamente bañada en sangre, el rojo también estaba impregnado en mis manos. Y cuando miré mi reflejo en la ventanilla de un auto cercano, vi que toda la periferia de mi boca tenía un sucio aspecto carmín. De repente, mi sombra se deshizo al ser atravesada por unas luces rojas y azules que se me acercaban. Percibí la sirena de la patrulla.

— ¡Ya te cargó la chingada! ¿Creíste que nunca te atraparíamos?

Sólo le entendí cuando, junto a mí, yacía el cuerpo descuartizado de la mujer a la que pensaba ofrendarle las galaxias.

Ahora miro el mundo por el entremedio de unos barrotes. Me despiertan a las seis de la mañana y tengo que ducharme con agua helada. Y a veces, para matar el rato, le arranco estrellas a la noche para masticarlas y luego escupir sus pedazos plateados. Pero cuando el silencio es omnisciente y mi propia celda me arrincona, aún escucho que una voz en mi pecho me dice: "Tony, ¿alguna vez has escuchado el grito de tu propia sangre?”.

Las olas de nuestro destino

Por poco y la muerte los besaba. Y es que en la carretera hacia Nayarit el autobús casi se impacta de frente con un trailer de dos cajas. El chofer tomó el volante con más fuerza y lo giró a la derecha hasta completar tres elipses. En el zarandeo, los anteojos de doña Brígida se le arrancaron de las sienes y cayeron junto a los pies de don Ausencio, su marido desde hace cuarenta y siete años, quien sólo pudo sujetarse del forro del asiento reclinable mientras duraba el ajetreo.

Al recogerlos del piso, doña Brígida se acercó a la luz que se reflejaba en la ventana y notó en el cuerpo de sus lentes un par de estrías cristalinas. “No puede ser —dijo—, son los terceros que se me rompen en lo que va del mes”.

Ninguno de los dos ancianos erraría en su promesa. Ya habían alcanzado lo inalcanzable: cuarenta y siete años de matrimonio, cuatro hijos, nueve nietos, ocho viajes al extranjero, dos cirugías a corazón abierto y un compromiso de complicidad a corazón cerrado. Por eso viajaron a Nayarit, la tierra donde se conocieron, y al llegar a la Terminal de Autobuses pagaron un taxi en dirección hacia la playa de Guayabitos. Estaba a punto de anochecer.

Apenas y tuvieron tiempo de cenar. Quizá la velada no fue tan romántica como la primera vez que compartieron la mesa… luego la cama. Pero aun así, don Ausencio tuvo la cortesía de acercarle el asiento a su mujer y después intercambiar trozos de comida en la boca. Ambos rieron de lo adolescente de sus detalles. “La cuenta, por favor”, pidió él.

Caminaron hacia la playa. Don Ausencio recargó a su amada sobre una de las rocas y le quitó los zapatos de tela. Él se descalzó y se remangó los pantalones. Se acercaron poco a poco hacia las olas. El aire del momento les afloró al poeta que todos llevamos, pero pocos liberan. Ya en la orilla, la frialdad del agua les refrigeraba los pies. La espuma era tan nácar como los largos y trenzados cabellos de Brígida.

El vaivén de esas olas simbolizaba cuarenta y siete años de compañía. El agua, el oleaje y la sal. La vida, las circunstancias y lo inevitable. Las horas de la noche seguían, el cielo se hartaba de estrellas y los pies de los ancianos ya se habían acostumbrado al frío del agua.
De pronto otra ola, la de la nostalgia, les mojó todo el cuerpo.

— Estamos olvidados ­­­—dijo él.
— Somos olvidables —murmuró ella.

De pronto, y casi como si hubiera sido premeditado, las olas comenzaron a agitarse con mayor fuerza. Unas olas tan agresivas que parecían decididas a romper los cuerpos de aquellos ancianos, tal como la gravedad lo hizo con los anteojos de doña Brígida en ese autobús que por poco les adelanta la muerte… unas cuantas horas antes de lo acordado por ellos.

La muerte es tan infinita como la sal de aquel mar. Ya no tardaría mucho en amanecer. Ya era el momento. Don Ausencio se llevó la mano al pecho y simuló tomar su corazón, sujetó la palma de su amada y le acarició las líneas de la mano. Le cerró el puño con fuerza.

— Brígida, has sido el amor de mi vida. Conviértete en el amor de mi muerte.

Y hacia el mar caminaron, ensamblados de las manos, en pasarela exclusiva hacia la infinitud.

Promesas de metal



Juró nunca volver a pronunciar su nombre. Ni en el momento más vulnerable, ya no diría, ni susurrando, el susodicho de aquel que le causó tantas abolladuras a su impresionable corazón. No, ya no. A partir de hoy, al oír hablar de él, ella simplemente se abrigaría los oídos con las manos hasta que aquellos murmullos fallecieran y se pasara a un siguiente tema de conversación.

Se sintió convencida de lograrlo. Ni una palabra más sobre aquel hombre. Olvidaría todo de él: la intratable superficie de su piel, el brusco declive entre su vientre y sus piernas, la rígida moldura de su espalda, el avinagrado tono de sus ojos, la selvática repisa de su barbilla… y sobre todo, la tiesa redondez plateada de su piercing en la lengua, esa que durante tantos besos le friccionó la boca, esa que durante tanto calor le fundió el apetito las innumerables veces que él, en secreto, entraba por la ventana y se quedaba en la recámara de ella las noches que los padres de la mujer no llegarían sino hasta el siguiente día.

Aún tiene la evocación de sentir en su boca el piercing de aquel hombre. Amaba mordisquearle aquel pedazo de metal. Y cuando ella se sobrepasaba y sin querer le sangraba ligeramente la boca, él se enardecía mucho más y le pedía que lo desgarrara con mayor fuerza. No necesitaba decírselo, sus ojos hablaban por él.

La noche en que ella se juró no volver a mencionar a ese hombre era fría y desolada. El macho innombrable llegó a casa de ella para quedarse a dormir, pues los padres de la mujer celebrarían sus bodas de plata con un viaje a la playa y no regresarían sino hasta el siguiente sábado, así que dejaron la casa sola y suficiente comida para ella. Aún así, por mera costumbre, el hombre entró por la ventana, bajó las escaleras y sorprendió a aquella mujer en la cocina, picando cebollas sobre una tabla de madera, para lo que sería un proyecto de cena. Después de un beso seguido de un holacomoestás, él se quitó la chamarra, la colgó sobre una silla del comedor, subió al cuarto de ella, se desnudó y entró a la ducha.

Mientras el hombre se enjuagaba, en la planta baja un ruido entró a usurpar el silencio. Se oía como el oscilar de un diapasón cuando alguien lo toca, era como la agitación de una ventana cuando algún auto pasa muy de cerca. De la chamarra del hombre se emitía esa vibración. La mujer dejó el cuchillo con el que picaba las cebollas, se acercó al comedor, donde la prenda colgaba sobre la silla, y encontró el origen de aquel sonido. Vio la pantalla del teléfono celular del hombre, que aún vibraba entre sus manos, con una leyenda: 1 Mensaje recibido. No pudo evitar la curiosidad de leerlo.

El contenido era directo: Ya llegamos a Puerto Vallarta. El clima está delicioso. Me encantaría que hubieras venido conmigo, pero esta vez le tocó a mi marido. Extraño morder ese piercing. Hay comida en el refri. Convence a mi hija de que coman en la casa. Te amo.

Ella simplemente cerró los ojos y regresó a la cocina. De pronto, y de súbito, tiró al suelo el cuchillo y la tabla con las cebollas recién picadas, y no supo qué hacer.

El rostro de aquella mujer cambió por completo. Pocos minutos después, el hombre regresó a la cocina, recién bañado, con una toalla atada a la cintura. Ella lo miró, se acercó, lo besó y, con un suspiro que no sale sino de lo más profundo del alma, introdujo su lengua en la boca de aquel hombre para que él la correspondiera. Así fue.

Y cuando el hombre metió su piercing entre las fauces de la mujer, ella comenzó a mordisquear la periferia de ese metal húmedo. Lo sintió entre sus dientes y jugueteó con él. De pronto, sus ojos enardecieron, el sudor se le hizo frío, el odio la dominó, y sin pensárselo mucho, apretó con sus mandíbulas el piercing, respiró hondo y, sin más, sacudió su cabeza con toda su rabia hasta arrancar con sus dientes aquel metal de la lengua de ese hombre. Él sólo sintió cómo los colmillos de la mujer estrujaron su piercing y le desgarraron la boca entera. Era como si una hiena tomara los restos de un cadáver y le separara los trozos con toda su fuerza.

Tras el acto de ver al hombre ya tirado el suelo, deshaciéndose por el dolor, la mujer recogió del piso el cuchillo y la tabla sobre la cual picaba. La colocó a la orilla de la mesa, se hincó al ras de la tabla y le lamió la superficie, que le supo un poco a las cebollas que recién había cortado. Sobre la tabla, extendió su propia lengua lo más que pudo. Tomó el cuchillo en forma horizontal, a la altura de la tabla. Suspiró, apretó los ojos y, sin cuestionárselo, dejó caer con toda su fuerza aquel filamento de cocina.

Lo que quedó fue un hombre con el hocico roto y una mujer con los labios bañados en sangre. Después de todo, ella cumplió lo que prometió respecto a él: ya no volvería a pronunciar su nombre… ni el de nadie.

Soledad

Soledad, condición recurrente.
Dicha del vacío e infierno del acompañado.
Eres cabeza, cadalso y verdugo.
Te has vuelto el silencio del viento cabizbajo.

Soledad, estado inconsciente.
Ropa del protegido y desnudo del necesitado.
Eres prenda, perfume y sortija.
Has robado agua del pozo endiablado.

Soledad, silencio potente.
Lisura del pie descalzo y llaga del camino andado.
Eres cirio, diezmo y penitencia.
Le has arrancado la arena al desierto desolado.

Soledad, adicción letal.
Dominio del ajeno e ignorancia del experimentado.
Eres mi nombre, mi apellido y mi desgracia.
Le has tiznado a mi vida un rasgo perpetuado.

Hoy dormirás arrullado por mis versos


Hoy dormirás arrullado por mis versos,
cobijado por el abrigo de mi inspiración.
Esta noche mandé menguar la luna
y mis rimas mecerán tu cuerpo.

Hoy tu rostro será iluminado por el sol de mis recuerdos,
bronceará esa piel que tanto fuego me emanó.
Esta tarde pediré prestada una poca de lluvia
y mojaré de vida tu corteza blanca.

Hoy serás elevado por el viento de mi sensibilidad.
No temas las dimensiones de aquella altura, mi poesía no mata.
Esta mañana logré que me prestaran algunos vendavales
y serás tan alto que el mundo rotará sobre tu divino eje.

Hoy amanecerás abrazado por mi nostalgia.
Ya la conoces, no pierdas tiempo en cuestionarle su insistencia.
Es sólo que no se cansa de mirar tu ternura.
Es sólo que no se resigna a morir sin tus manos.

Y mientras mi nostalgia te prepara el café,
mis estrofas ya están tendiendo la cama.
Porque esta siguiente noche, cuando me recuerdes,
volverás a dormir arrullado por mis versos.

Mis 26 planes

Hoy tengo planeado recomenzar el universo.
Tomaré un puñado de mí y le rociaré polvo de diamante.
Sí, estoy seguro: Hoy dignificaré mi matiz cambiante.
Darle a mi sombra un lado B y mirar el reverso.

Hoy tengo 26 quehaceres que cumplirme.
Remodelaré mis contornos. Barreré mis escamas.
Compondré los falsos contactos entre mis miedos y mis ramas.
Pondré cableado nuevo a todas las instalaciones de mi cabeza.

Hoy tengo 26 planes que enlistarme.
Barnizaré mis sentidos. Bolearé mis sonrisas.
Desempolvaré ese viejo niño que arrumbé en el sótano.
Pintaré de blanco aquella habitación que un día se hizo oscura.

Hoy tengo 26 presentes que quiero regalarme.
Uno eres tú, mi amiga Inspiración.
Otro eres tú, mi maestro Tiempo.
Y hasta habrá un lugar para ti, mi prima-hermana melancolía.

Hoy tengo 26 años que honrarme.
Por el vientre de mi madre. Por los brazos de mi padre.
Por los ojos de mis hermanos. Por el hombro de mis amigos.
Por los latidos de tantos amores perdidos.

Y eso ocurrirá hoy.
Porque hoy, que cumplo 26 años,
tengo 26 constelaciones que ofrendarme.

A la orilla de ti


A la orilla de ti dejé un extracto de mi memoria,
pero las olas fueron tan duras que la sal le arrancó los recuerdos.
Poco a poco, la espuma le fue deshaciendo los nudos
y al final lo que quedó fue aquel hostil firmamento.

A la orilla de ti olvidé aquel pedazo de rama,
cuando con ella bifurcabas cometas encima de tu arena.
Y conforme el oleaje borraba tus trazos de polvo de oro,
mi existencia en ti también se difuminaba.

A la orilla de ti extravié tu retrato.
Tenía, al centro y en mayúsculas, un instante de tu sonrisa.
Pero al volver, el cielo ya negro se había hecho.
Y de tanto querer verte a oscuras que terminé ciego.

A la orilla de ti me olvidé a mí.
Y cuando regresé, yo ya no me encontraba.
Vi una memoria ahogada, una rama seca y un retrato borroso.
Y con el llanto en las manos, peregriné hacia mi comienzo.

El par perfecto


¡Cómo amaba las canicas! Nadie me ganaba jugando con ellas. Jugando por ellas. Recuerdo que cuando cumplí ocho años mi padre me obsequió una bolsa de red atascada de esas pelotitas, tan grande que necesité ambas manos para sostener aquella orgía de vidrio.

Y donde ahora vivo, amurallado por paredes de resorte y camisas de fuerza, las canicas se han convertido en mis mundos cristalinos. Cuando las toco, siento cómo me lustran las bases de mis dedos hasta borrarme las líneas digitales. Cuando las pongo cerca de mis ojos, noto la redondez de mi nariz y la exageración de mis rasgos. Y cuando me las llevo a la boca, percibo su trayecto: inician en mi lengua, mecen la cuerda de mi campana y se estancan en mi faringe, donde tardan un rato en continuar. Después, el dolor en mi pecho me avisa que pronto las expulsaré por la cola.

Tenía de todos los tipos. De esas transparentes, blancas con morado, verdes fluorescente y hasta ámbar. Eran como botellas redondas.

Pero mi verdadero logro ocurrió cuando por fin le gané a mi primo Matías aquella canica dorada. “No mames, Mauro, devuélveme mi canica”. “Estás pendejo —le dije— te la gané limpiamente y te chingas”.

Mi canica dorada era como tener el sol. Amaba rodearla con mi dedo índice y dispararla con mi pulgar. Y las chidas pelas alcanzadas con ella me hacían ganar cada vez más canicas. La disparaba con tanta fuerza hacia las demás que a veces éstas se rompían. Y así terminaban, como cuerpos traslúcidos destazados por la furia de un asesino.

Me volví experto en cercenar canicas con la ayuda de mi oro redondo… y con la pistola que tengo por mano derecha. Y cuando comencé a practicar tiros con la izquierda, repetí mi éxito. Así nació mi interés por conseguir otra canica dorada. ¡Imagínate lo que lograría con ese par perfecto!

Pero antes de fraguar mi plan, un día mi primo Matías quebró mi sol de vidrio. Se acercó a donde practicaba mis tiros, tomó mi canica dorada y la desmembró contra el suelo. “¿Creíste que te ibas a burlar de mí, pendejo?”. Y se largó. Fue entonces cuando decidí alcanzarlo… y afilar las garras de mi mano.

Mis dedos atravesaron sus párpados. Cuando lo oí gritar supe que la sangre de sus pupilas se había mezclado con la mugre de mis uñas.

Sentí un gozo de campeonato. Ahora sí tengo mi par perfecto.

Capullos de alfiler


Me acurrucaste entre tus capullos de alfiler,
y dormí atravesado por sus filamentos plateados.
Y cuando me recordaste y comenzaste a descoser,
me encontraste cercenado en esas púas que tienes por manos.

Y es que no hay hebra que pueda bordarte
ni lírica que consiga delinearte.
Estos mis poros, de los que tanto te alimentaste.
Esta piel que tantos santiaménes te cenaste.

Vuelve a llevarme hasta los contornos del cosmos.
Usa tus agujas para zurcirme las alas.
Con ellas quiero rajar el aire de los vientos
para luego descansar en tu envoltura de manecillas aperladas.

Fuimos el sincretismo de nuestros sentidos
y tus besos se ajustaron al empalme de mis labios.
Las galaxias se alineaban al registro de tus latidos.
Esas tus manos, látigos de cinco colas rompiéndome los brazos.

Eres como el capullo en el que me tienes apresado:
inerte, insociable y pendiendo de un ramal.
Te acorralas por tus odios y me aferras a tu corazón acerado
con tu lengua de filamento tejiendo mi cautividad.

Mis pupilas sobrevivieron a tus agujas homicidas,
pero mis manos ya no podrán surcar la carnosidad de tu corteza,
cuando le creabas sucesos a mis noches forajidas
y le usurpabas a mi historia una pizca de su concurrida pobreza.

Tras el regodeo sensorial, mis poros pudieron rehumedecer
cuando la sangre se diluyó al reventarme.
Porque me acurrucaste entre tus capullos de alfiler
y en tus dedos tuve la ventura de colarme.

Pedro Meyer, fotógrafo: Poesía en 35 mm


Los versos no siempre viven en la lírica. Cuando abandonan las estrofas, sus dimensiones se dotan de volumen, luz, texturas, color y movimiento. Se abastecen de una cualidad más visual. Así nace una fotografía.

Sin duda, la imagen fotográfica da cuenta del entorno y lo atrapa en momentos que se vuelven inmortales. Y cuando quien retrata se permite manipular su trabajo y con ello reinventar su propia obra, estamos ante el nacimiento de un nuevo arte. Aquí es donde se inscribe el fotógrafo mexicano Pedro Meyer, un artista cuya creación cuestiona los límites entre la verdad y la ficción.

Pionero de la era de la imagen digital, sus obras han desafiado el arte de retratar. Sus innovaciones, aunadas a su naturaleza inquisitiva, han fungido como el martillo y el cincel que han roto el preconcepto del artista de la lente. Pedro Meyer es todo, menos un purista de la fotografía. De ahí el nombre de su exposición: Herejías.

Cuarenta años retratando la vida y obra del quehacer humano se materializan en cerca de 310 mil imágenes. Este año, su arte desemboca en un multihomenaje que más de 60 museos de todo el mundo y 23 galerías en línea le rinden a este fotógrafo.

Si bien Meyer desafía los alcances, funciones y posibilidades del lenguaje fotográfico, también hay un espacio para captar con su lente los instantes más puros de la expresión humana. Manipulados o no, los trabajos de Pedro Meyer logran en instantes enmarcados ver a la fotografía como toda una forma de expresión en la cual el ser humano y su quehacer son la materia prima.

Pedro Meyer toma la historia de todos los días y la atrapa en capullos de papel mate. Retrata con ironía los choques culturales, el consumismo y lo ecléctico del mundo globalizado. Y así refiere con su lente lo más cotidiano de la cultura popular: procesiones, objetos de culto, ceremoniales e incluso iconos políticos y rituales del cuerpo humano.

De esta forma, Herejías es un goce para lo sensorial, de un fotógrafo pendiente de la mínima expresión para convertirla en arte. Es un artista cuya lente documenta lo más retratable de la fragilidad humana. Sus fotos seducen, su lente desafía, su arte convence.

Una vez dominadas, las reglas pueden romperse para innovar y crear. Eso lo sabe Pedro Meyer, quien ha escrito versos de 35 milímetros para hacerlos poesía, con lo diverso y a la vez híbrido de la cultura humana. Un colorista de momentos, un pintor de la lente; un cuidador de instantes, de condiciones, de entornos, de un mundo donde caben muchos mundos.

Bajo las paladas de tus abismos




¿Cómo llegaste hasta aquí? Si apenas anteanoche nos despedimos y dijiste que me llamarías para planear sabediosquécosas. Ahora soy yo quien llega a tu nueva casa, hoy me toca ser quien te despide, tallando con las yemas de los dedos el cristal cuadrado que divide tu cuerpo pálido de mis manos rosadas.

Tu madre también parece algo muerta. Jamás te educó para jalarte un gatillo. Y no lo hiciste, pero llegaste al mismo punto. Te hilaste de las vigas del techo de tu casa. Respiraste. Con la gravedad a tope y la mirada en el abismo, tus pulmones se inflaron al compás de las astillas de la soga, que no tardaron en picarte el cuello. Y con la punta del pie derecho tiraste el banco.

Y ahí quedaste expuesto, como un dije humano.

Pero hoy de lo humano sólo te queda el atuendo. Tu tía Mercedes se encargó de comprarte un ajuar a la medida. “Para que mi Nacho no llegue a la tierra de Dios con los trapos que siempre vestía”, le oí decir. Yo sólo le menté la madre con la mirada y me acerqué a ti para verte por última vez. Ahora sí por última vez. Me prometí tantas veces asesinarte que, ante mi desidia, mejor fuiste tú quien cogió la soga. Antes de que yo lo hiciera con mi propio cuello.

Aquella era nuestra despedida. Ya no tendré el vértigo de contemplarme cayendo ante tus muslos. Jamás volveré a morder la periferia de tus oídos. Ni tú podrás atravesarme la piel con tus palabras, esas que me decías, tan cargadas de ti que cada día se me enterraban más entre las hebras del cerebro.

Un funeral y la humillación pública deberían ser sinónimos, ¿no crees? Te cercan en una caja de madera, te levantan una portezuela para que todos te miren el rostro marchito y te escupan sus lágrimas, luego te pasean por las calles y al final te hunden en la tierra. Y te rocían tantas paladas de tierra negra como si te fueras a escapar. Es tarde, Nacho está muerto. Yo ya lo había matado.

El entierro fue lo mejor. Con la primera palada, tu tía Magdalena comenzó a gritar dolor. Segunda palada, tu primo Enrique conoció el olor de la muerte. Por la tercera palada, tu primita Gina aprendió a sentir miedo. Y por ahí de la vigesimoséptima palada, por fin pude sonreír. ¿Quién terminó destruyendo a quién?

Los enterradores aplanaron el ahora suelo. Sólo hasta entonces pude soltar la carcajada... porque sólo hasta entonces fue cuando en el fondo de la tierra supe que abriste los ojos.

Y comenzaste a arañar las paredes de tu propio ataúd…

El néctar de los lobos



"Creo que ya no podremos vernos".

Luego de arrugarte el rostro con mis propias uñas, siento tus brazos agitando fuertemente los míos. La alternancia de mis piernas me connota que estoy corriendo; y los domos debajo de mis ojos, que hubo una fuga salada. No pulso el freno sino hasta que llego a casa. Ya en mi habitación, noto cómo pareciera haber un magneto tan fuerte entre mis manos y el segundo cajón de mi ropero que casi por instinto me dirijo hacia él. Encuentro lo que estaba buscando.

Y es que cómo no hacerlo. Me conjugaste el verbo doler en todos sus tiempos y ahora la nada me ofrece lo que desde siempre me ha guardado: el frasco con la calavera de huesos cruzados, ese néctar de los lobos que había estado reservando para una ocasión especial. Qué pleno hubiera sido: que luego de un par de días el olor nos delatara, la policía entrara a aquella habitación y encontrara un par de cadáveres sobre la alfombra, junto a la cama. Desnudos, corrugándose, pero anudados el uno contra el otro. Y así perpetuarme en ti.

Pero para eso ya es tarde. Cuando se me cuela un poco de razón, ya me veo con aquel frasco sobre mis labios, en caída perfecta hacia mi boca. El líquido entra decidido a romperme el estómago. No pasa demasiado tiempo. La sustancia ya comienza truncándome las inhalaciones un segundo tejido al otro, como si un picahielo me rasgara el paladar.

Mis ojos me arden como si una llama me lamiera las pupilas. El ácido me surca las venas y a poco voy sintiendo cómo me revienta las uniones entre ellas, una por una. Despacio. Lento, casi tanto como el tiempo que tardé en admitir que aún te amo. El calor ya es tan fuerte que estoy transpirando humo.

Apenas y ubico el sabor. Es como hígado mezclado con gasolina tibia. La chispa alcanza el charco de sangre y de inmediato comienzo a incendiarme por dentro. El hedor es tan oscuro que me apesta el corazón.

Estoy vomitando sangre negra. Qué suerte tan hija de puta: me tragué el veneno y el veneno terminó tragándome a mí, como un arsenal de pirañas carcomiéndome los pulmones. Me quedo en horizontal. La sangre se me anega en el cerebro y en la espalda. Apenas y puedo entrecerrar los ojos.